miércoles, 31 de diciembre de 2025

Entre el Sueño y la Nada

 


 

 

 

Prólogo

Hay historias que no comienzan.

Que se graban en la piel antes de existir en el mundo.
Pero las historias que duelen... comienzan siempre por la herida.

Esta es una de ellas.

Una historia hecha de sueño,
de memoria que respira,
de un hogar que nunca se construyó
pero que en mi interior sigue habitando.

Dicen que el tiempo cura.
Mienten.

A veces sueño que todo empezó con un encuentro destinado.
A veces sueño que allí mismo, todo terminó.

Pero la verdad es otra, más simple, más brutal:
Él pasó por mi vida como un incendio.
Y yo, en lugar de huir, me quedé esperando
para sentir el calor de sus llamas.

Y si la cuento es porque, de alguna forma,
aunque Él no esté,
aunque su nombre sea silencio,
sigue despertando algo en mí
que la vida jamás borrará.

Este es mi relato.
Mi herida y mi verdad.

 

Morgana

 

 

Capítulo I El Sueño

 

Hoy he vuelto a soñar con Él.

La noche cae y, aunque me tiemble el alma antes de dormir, me quedo quieta, en silencio, con el corazón sosteniéndose como puede.

Y en un susurro imploro al cielo:

Llévame.
Llévame con Él.
Aunque sea por última vez.

Y cada noche cierro los ojos cuando el mundo se apaga y la memoria despierta.
Entonces una puerta se abre, llevándome al lugar donde lo imposible se hace real.

En mis sueños llega a mí, revelando lo que todavía vibra entre nosotros.
Una presencia que aparece incluso antes que el recuerdo, con una claridad que no perdona, que expone cada pedazo de Él que aún queda dentro de mí.
No hago nada al notar cómo mi cuerpo retira sus defensas.

Su rostro —el que mil veces imaginé— sin cargas, sin culpas que arrastrar.
Pero su sonrisa…
su sonrisa es la única felicidad que mi corazón es capaz de recordar.

Su voz exacta.
Su cuerpo junto al mío.
Su olor, su calor, su presencia tan real…

Que he despertado convencida de haberle tocado...

En los sueños Él me quiere.
Me abraza.
Me sostiene.
Me mira como si, al fin, me reconociera.

Me toma la mano y siento su piel; con eso sobran las palabras.

Estoy aquí.
No temas.
No te voy a dejar sola esta vez.

Y en ese instante algo se recoloca dentro de mí,
como si mi alma recordara para qué servía vivir.

Ahí ocurre lo peor:

Me siento en casa.

Porque con Él aprendí lo que es la respiración compartida,
la entrega sin miedos ni reservas.
Porque Él fue quien me enseñó a amar.

Los sueños me muestran vidas que no tuvimos, pero existen.
Son mundos posibles.
Vidas no vividas.
Caminos que jamás tomamos,
pero que laten como posibilidades desesperadas.
Una línea temporal que solo existe cuando cierro los ojos.

Y ahí, cuando Él aparece, todo cobra sentido.
Entonces entiendo que Él era mi hogar
y que lo sigue siendo ahora,
aunque ya no quede nada.

Y por un instante vuelvo a respirar.

Mi cerebro me tortura mientras duermo:
juega conmigo, me muestra todos mis anhelos,
lo que me salvaría,
lo que me devolvería la vida…
solo para arrancármelo al llegar el día.

Desperté llorando,
porque el amanecer me arrancó de sus brazos
y me dejó vacía.

Porque en sueños soy suya.
Despierta soy el fantasma de lo que quedó atrás.

No sé si un día dejaré de soñar con Él.
No sé si un día dejaré de buscar su luz entre tanta sombra.
No sé cuánto queda de mí sin esos sueños.

Solo sé que, mientras exista esa otra vida
en la que Él todavía me ama,
seguiré buscando el umbral cada noche.

Aunque me desgarre.
Aunque me parta.
Aunque me pierda.

Despertar es una caída.

La luz de la mañana corta
y desgarra mi pecho.
El cuerpo regresa primero,
el alma un poco después.

Y entre medias,
ese segundo vacío
en el que recuerdo
que, de nuevo,
te he vuelto a perder.

 

 

Capítulo II La Noche del Portal


Un año antes de ese sueño, llegaba Halloween y siempre había tenido para mí un brillo distinto, mágico.

No es una fiesta: es un umbral.

Una grieta en el tejido del mundo por donde lo imposible se asoma, las energías se mezclan y el velo se afina.

Ese año, por primera vez, lo celebré como en las películas.
La barbacoa familiar, los disfraces hechos a mano, los niños riendo mientras corrían de casa en casa pidiendo caramelos, pero intentando crear una felicidad en la que no encajaba.

Yo reía, sí.
Estaba "feliz".
O lo más parecido a feliz que he estado en mucho tiempo.

Pero dentro de mí había un hueco.
Una chispa que no aparecía.
Un algo que faltaba.
Como si mis sonrisas fueran reales pero no del todo vivas.

Aun así, me convencí de que podía bastar. Que me bastaba.

Hasta que ocurrió.

Aún con la pintura fresca en mis mejillas y con las risas resonando en el salón, abrí el móvil para mirar la hora y un "algo" en mi alma cambió...

Lo vi...
Un mensaje...
Un nombre, que pensé no volvería a ver...

Él.

Noto cómo el mundo se detiene un instante a mi alrededor.
No sé si reír, llorar, gritar o ponerme a temblar.
Me dio un escalofrío.
Pero no lo abrí.
Lo volví a enterrar en el fondo de mi bolso, como si nunca hubiera salido de allí.

La mañana después de Halloween tenía ese cansancio dulce que deja un día que, por un rato, sí fue como me hubiera gustado que fueran las cosas.
Había dormido en aquella casa, que sin ser la mía, me hacía sentir parte de una vida que nunca terminaba de alcanzar.

Aun así, dentro de mí convivían dos verdades:
He sido "feliz", falta algo.
Una chispa, un latido, un hilo que uniera el gesto con el sentimiento.

Los niños me querían, sí.
Él... No lo sé.

Guardé el móvil consciente de que aquello no pertenecía a esa casa ni a esa fiesta. Ahí dentro estaba esa otra historia, la antigua, la paralela, la real.

Llegué a casa. Y cuando ya me quedé a solas, sin máscaras, luces ni risas... Lo abrí.

Su primer mensaje mostraba sorpresa, casi tanto como la mía, era cálido y reconocible, no como lo hubiese esperado.

El segundo...
El segundo fue el que rompió la superficie del mundo:

Que el amigo, que la coincidencia, que la cadena improbable de causas que le habían devuelto mi número...
Que parecía cosa del destino.

Y ahí lo sentí, la fiesta, las risas, el paseo... La imagen que me protegía se vino abajo, no porque no hubiera sido real, sino porque esa tarde pertenecía a ese "otro mundo", al que yo no pertenecía.

En mi mundo, la tarde de Halloween encogía ante un solo mensaje suyo.

Lo peor no fue leerlo.
Lo peor fue esa chispa de esperanza. Y esa alegría fingida que desapareció en un instante...
La vuelta a la realidad.

Me quedé mirando el móvil en silencio, con ese mensaje ardiendo entre mis manos.
Era absurdo, totalmente ilógico e irracional.
Y aun así...

Sentí que tenía que atenderlo.
Tenía que escucharlo.
Porque en aquella noche mágica nada ocurre por casualidad.

En ese instante comprendí que algo dentro de mí había estado solo aguardando, esperando.
Que por mucho que yo intenté avanzar, hay hilos que se tensan desde demasiado atrás.

Y que, quizás, Halloween no abre portales solo para los espíritus.
Quizás también los abre para las  historias que nunca debieron darse por acabadas.

 

Capítulo III Los Mil Mensajes

Halloween fue el pretexto.
Una grieta mínima en la noche más mágica del otoño.

Un
-¿Sigues ahí?

Pero él no sabía que llevaba meses velando sus fantasmas.

La pantalla se encendió y, sin darme cuenta, también lo hizo algo dentro de mí.
No era luz.
Era una especie de temblor.
Una vibración primitiva: el reconocimiento de una voz que, aunque hubiera callado, nunca se habría ido.

Y así empezó.

Primero, mensajes torpes, casi tímidos.
Palabras que parecían caminar de puntillas.
Luego, poco a poco, esa tensión se deshizo...
o quizás se transformó en algo más hondo.

El ritmo se volvió constante.
Yo hablaba.
Él respondía.

Él se abría.
Yo confesaba.

Él me presentó a sus demonios, no como quien busca alivio,
sino casi como quien ofrece un arma.

Yo lo escuchaba con esa calma fatalista de quien sabe que siempre se paga un precio por entender demasiado.

Y, aun así, le conté los míos.
Todos esos puntos dolorosos que se guardan lejos del corazón.

No sé cómo logró que confiar fuera tan sencillo.
Quizá nunca dejó de serlo.

Pasaron los días.
Noviembre entero.

Y cada amanecer llegaba con la misma pregunta:
¿volverá a escribirme hoy?

Cada noche concluía con horas hablando, riéndonos a medias,
desnudando partes del alma que no se enseñan a nadie.

En esa franja de tiempo -ese territorio extraño entre la una y las tres de la madrugada-
volvimos a ser dos criaturas avanzando en la oscuridad,
creyendo que la otra era lo único que alumbraba el camino.

Entonces empezaron las ganas.
Al principio, leves.
Después, urgentes.

Ganas de vernos.
Ganas de comprobar si era verdad lo que existía entre aquellos mensajes.

Ganas físicas.
Emocionales.
Espirituales.

Él dijo que volvería por Navidad.
Unos días apenas.

Para muchos, nada.
Para mí, suficiente para que todo mi ser se preparara para una tormenta.

Durante las semanas previas, ya no encontraba ningún lugar
donde esconder la impaciencia.

 

 

Capítulo IV La Noche más Larga

 

Y llegó el día.
La noche más larga del año.
El solsticio de invierno.

Llegué al aeropuerto con el corazón fuera de sitio.
Como no cabía dentro de mí, lo llevé en la garganta casi todo el camino.

Paseaba entre la gente, observaba las luces, el árbol de Navidad.
Daba pequeños saltitos —torpes, felices— con la sonrisa temblando en la boca.
Esperaba entre las idas y venidas, mientras la pantalla marcaba la llegada del vuelo.

Y entonces lo vi.

Era Él.

Con sus vaqueros y esa forma de caminar que reconocería hasta en el infierno.
Algo dentro de mí se ordenó.
No se calmó.
Pero encajó.

Como si hubiera estado desajustada durante años y solo entonces,
en ese pasillo rodeado de desconocidos,
hubiera vuelto a alinearse.

Él me vio.
Y sonrió.

Dioses, cómo sonrió.

Una luz limpia, cálida, tan sincera que dolía.

El alma se adelantó, pero el cuerpo no la siguió.
Quise aprovechar ese instante y robarle un beso, aunque fuera solo una vez.
Pero me frené.

Todo terminó en un abrazo lleno de torpeza y verdad.

Entonces le tomé de la mano.

Un gesto simple.
Casi infantil.

Pero ese gesto partió el mundo por la mitad.

Porque él tomó mi mano sin dudar.
Sin preguntar.
Sin pensarlo.

Como si hubiera estado esperándola.
Como si su mano hubiera sido hecha para la mía.

Lo supe sin pensarlo.
Sin quererlo.

Y en ese instante —por unos segundos que aún me persiguen— volví a casa.

Volví.
Regresé.
Había hogar.
Había sentido.
Había incluso esperanza.
Ese veneno dulce que siempre vuelve.

Mi cuerpo exhaló algo que llevaba años reteniendo.
Su piel contra la mía fue la confirmación de un destino que nunca supimos vivir.

Tantos años desde la última vez…
y, aun así, parecía que no se hubiera ido nunca.

Subimos por las escaleras mecánicas unidos, riendo, emocionados,
como si hubiéramos encontrado la puerta equivocada del tiempo
y regresado a cuando éramos jóvenes
sin haber roto nada por el camino.

Yo tenía esperanza.
Quería verlo.
Quería saber qué había detrás de tantas horas de complicidad absoluta.

Y si él no hubiera venido…
yo habría ido a buscarlo.

Lo sé.
Siempre lo supe.

Porque hay algo en mí —antiguo, profundo, inevitable—
que no sabe existir sin él.

 

Capítulo V. Vuelta a Casa

 

El camino desde el aeropuerto hasta mi casa fue un trayecto de silencios suaves, como si las palabras hubieran decidido esperar a que nuestros cuerpos terminaran de recordar quiénes eran.
Él iba en el asiento del copiloto, con esa forma especial de mirar al frente, como si intentara que el mundo no se diera cuenta de que estaba sintiendo demasiado.
Y yo, a su lado.

Llegamos a casa.

Abrí la puerta y la casa hizo lo que siempre hace: abrazar.
El frío quedó atrás y una calidez suave nos envolvió de inmediato.

Él se detuvo apenas un segundo, pero yo lo vi.
Cómo respiró más hondo.
Cómo se le aflojaron los hombros.

Era como observar a alguien reconocer un lugar en el que nunca ha estado, pero al que, de alguna manera, pertenece.
Mi casa lo recibió como si lo hubiese estado esperando.
Y él, sin saberlo, la aceptó como si ya hubiera vivido allí en otra vida.

Con la mochila al hombro me miró, como si esperara instrucciones… o tal vez permiso.
Yo tragué saliva.
No sabía si me iba a salir la voz, pero lo intenté.

—Puedes elegir habitación.
¿Quieres dormir en la de invitados… o en la mía? —pregunté.

La última parte salió más suave, más desnuda de lo que pretendía.

Él no dudó.
Ni un segundo.
No hubo pausa, ni gesto de pensamiento, ni esa prudencia que adoptamos cuando tememos equivocarnos.

—En la tuya.

Así, como quien dice algo obvio.
Como si fuera lo habitual.
Como si ya hubiera dormido allí mil veces.

Durante los días siguientes —esas noches largas de diciembre que parecían no acabar nunca— durmió conmigo.
Su respiración a mi lado.
El espacio tibio de su cuerpo compartiendo la misma cama.

Dormía a mi lado como si fuese lo más normal del mundo.
Y era esa naturalidad, esa facilidad, la que más dolía.
Porque cada noche yo sentía que volvía a casa, que su presencia corregía la arquitectura invisible de mi mundo.
Pero cada mañana recordaba que aquello no estaba diseñado para durar.
No había un mañana pactado.
Solo fragmentos.
Suspiros.

No me atreví a darle un beso.
Ni siquiera un roce que pudiera delatar todo lo que me ardía por dentro.

No porque no quisiera,
sino porque había algo mágico suspendido en ese momento, algo que temía romper si me inclinaba apenas un centímetro de más.

Seguía queriendo ese beso.
Pero no pude.
No me atreví.
No fui capaz de reclamar lo que llevaba deseando todo ese tiempo… y mucho tiempo más.

Dormía a mi lado como si no hubiera distancia, conectados por un millón de hilos, pero con un abismo entre nosotros; uno hecho de dudas, esperas, heridas anteriores, ilusiones que no sabíamos cómo sostener.

Siempre me ha gustado mirarle mientras dormía, y ahora me parecía que, si lo rozaba siquiera —levemente— con mis dedos en la mejilla, podría desvanecerse.

Como si el invierno hubiera traído un regalo frágil, de esos que una respiración equivocada puede deshacer.

Así pasaron las noches:
con él tan cerca que podía sentir la forma de su alma, y tan lejos que cada amanecer dolía un poco más.

Él dormía.
Yo velaba.

Como casi siempre.
Como desde el principio.

Durante el día hablábamos sin parar. Palabras, confesiones, heridas abiertas… con una honestidad que solo se permite cuando sientes que, quizás, te estás muriendo un poco.

Me contó miedos.
También demonios.
Cicatrices bien escondidas detrás de su voz tranquila.

Yo le conté los míos.
Los dos habíamos vivido demasiado.
Los dos callábamos demasiado.
Pero siempre encontrábamos la forma de volver, de sostenernos, de reír incluso cuando el mundo parecía desmoronarse.

Reaprendimos a confiar.
Y eso es peligroso.

Porque la confianza en él siempre venía acompañada de una promesa invisible.

La mañana de Nochebuena, mientras se preparaba para ir a pasar las fiestas con su familia, sentí una punzada inesperada.
La sensación de que me estaban arrancando mi propio presente.

Le llevé en coche.
El cielo estaba gris, nublado, como si presintiera algo que nosotros aún no sabíamos.

Al bajarse, me regaló un abrazo lento, profundo, de los que dejan un hueco cuando terminan.
—Nos vemos en unos días —me dijo, ajustándose la mochila.
—Sí, escríbeme y lo hablamos.
—Lo haré.
—Prométeme que… —no terminé la frase.

Él me miró como antes, como si por un instante pudiera leerme.

—Voy a volver —sonrió—. Tenemos planes, ¿recuerdas?
—Sí, los tenemos —respondí.
—Felices fiestas. Vamos hablando.

Lo vi alejarse hacia el portal de su casa.

Seguimos hablando por mensajes.
El 25 volvió a escribirme.
Luego el 26.
El 27 no paramos en todo el día, como si necesitáramos recuperar cada minuto que la distancia nos robaba.
“Solo faltan unos días”, pensaba, mientras un impulso absurdo me hacía mirar el reloj.

El 29 hicimos planes reales.
El 30 confirmamos la hora.
El 31… él regresaba.
Fin de año.

Nuestra última oportunidad.
Aunque todavía no lo sabíamos.
Nuestro último resplandor.

Solo pensábamos en vernos.
En que esta vez, quizás, sí.
En que esta vez, quizás, algo encajaría.
En que esta vez, quizás, podría robarte ese beso.

 

Capítulo VI. El Último Resplandor

Llegó tarde.
Muy tarde.

Las velas ya estaban encendidas, la música suave flotaba entre las paredes, y mis amigos habían preguntado dos o tres veces si estaba segura de que vendría.
Yo asentí sin dudar.

No porque confiara.
Sino porque lo sentía.

Cuando finalmente llamó al timbre, cuando su voz llenó el aire… el mundo entero pareció silenciarse...

Entró como siempre: sonriendo, alegre.
Me miró.
Solo eso.

Y bastó para que el pecho se me apretara de golpe.

No necesitó decir nada.
Su forma de mirarme decía más que cualquier saludo.

La cena fue una mezcla de risas, recuerdos y ese tipo de alegría que solo aparece cuando la nostalgia y la esperanza se rozan.
Mis amigos lo acogieron con una naturalidad que casi dolía.
Como si mi vida… como si siempre hubiera estado allí.

Las uvas nos pillaron improvisando, como siempre, con la carne aún en el plato y las manos oliendo a humo.
Él se sentó a mi izquierda.
El roce de su rodilla con la mía fue mínimo.
Letal.

Doce campanadas.
Doce golpes en la memoria.
Y mis lágrimas asomando al recuerdo.
Cuando la última cesó, giró la cabeza hacia mí y dijo:

—Feliz año nuevo, Morgana.

No sé si fue la voz.
O la forma en la que dijo mi nombre, despacio, como si lo saboreara entre el dulce sabor de las uvas.
O esa sombra de emoción que le brilló un segundo en la mirada.

Lo que sé es que esa frase no se convirtió en un deseo.
Fue una herida nueva.
Una que todavía sangra.

Y así terminó el año:
con Él volviendo,
conmigo temblando,
y los hilos invisibles del destino tensándose alrededor de nuestros cuerpos sin que nos diéramos cuenta.
La historia se estaba escribiendo sola.
Y nosotros… éramos los únicos que no la estábamos leyendo.

Se quedó charlando con mi amigo.
El whisky desaparecía entre risas y batallas que nunca ganaron.

Yo ya no podía más.

—Dormid donde queráis —les dije desde la puerta de mi habitación—. Yo me rindo.

Me hundí en la cama, pero el sueño tardó en llegar.
Porque en el salón él seguía riendo.
Y esa risa…
Dioses.
Esa sonrisa siempre fue mi hogar.

El 1 de enero me desperté con la crisis prematura de los cuarenta.
Ni los había cumplido, pero ya me soplaban en la nuca.

Salí al salón con el pelo revuelto, las ojeras marcadas y un impulso extraño en la lengua.

—Creo que ya ha empezado mi crisis de los cuarenta. Tengo que hacer algo con mi vida. ¿Qué hago, me compro una moto o tengo un bebé?

Me miraron los dos.
“Ahí va la loca”, seguro que pensaron.

Reímos.
Pero fue risa nerviosa.
Las verdades disfrazadas de broma siempre incomodan.

Ya con el café en la mano, descarté la moto.

—Me mato a la semana.
Él sonrió, demasiado consciente.
—Eso seguro.

Y quedó la otra opción.
La imposible.
La que no se dice en voz alta sin temblar por dentro.

Pasamos el día entre cafés, sol en la terraza y silencios que decían más que las palabras.
Y cuando cayó la tarde y volvió el frío, lo llevé a casa.

En el coche flotaba ese silencio que anuncia un giro, aunque nadie lo admita.
Yo lo sentía subir desde el estómago: vértigo y necesidad.

Había sido “un tema más” muchas veces.
Pero ahora era distinto.

Era ahora… o nunca.

—Si algún día —tragué saliva— decidiera ser madre… ¿tú serías mi donante?
Me apresuré a añadir palabras, atropelladas.
No me dejó terminar.

—Sí.

Me quedé sin aire.

—No hacía falta que…
—No veo por qué no podría hacerlo —repitió, tranquilo.

El mundo se detuvo un instante.

No sé si entendió lo que acababa de darme.
No fue solo una respuesta.
Fue casi una promesa.
Una puerta abierta a algo que nunca me atreví a imaginar con nadie más.

Seguimos hablando de cualquier otra cosa, como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de mover el eje del mundo con sus palabras.

Lo dejé en su casa.
Nos despedimos con la promesa de vernos antes de Reyes.

Había calor en sus ojos.
Había planes.
Un después.

No sabíamos que ese después era un espejismo.
Yo aún no lo imaginaba,
pero el mundo ya había empezado a crujir bajo mis pies.

 

Capitulo VII La Caída en Silencio.

El día 4 llegó.

La barbacoa estaba lista.

Las brasas encendidas.

Mi casa le esperaba otra vez.

 

Pero él no llegó.

 

La primera hora pensé que se había retrasado.

La segunda, que se habría liado con la familia.

La tercera… una manta. Luego otra.

 

Mi amigo me escribió para decir que estaba enfermo y no podía venir.

 

Y entonces me quedé yo.

Sola.

En mi casa.

En silencio.

Esperando a alguien que no venía.

 

El móvil estaba sobre la mesa.

No vibraba.

No sonaba.

No hacía nada.

 

Igual que él.

 

Le escribí.

Un mensaje amable:

“¿Todo bien?”

 

Nada.

 

Luego otro, más honesto:

“¿Vas a venir?”

 

Silencio.

 

Un silencio que no era ausencia.

Era decisión.

 

El pecho empezó a arderme.

La respiración se volvió corta, punzante, desordenada.

El suelo de la realidad se movió bajo mis pies.

Me envolví en una manta en el sofá y me dejé caer.

 

No fue un ataque de ansiedad.

Fue una implosión.

 

Y mientras yo me desgarraba en silencio, en algún lugar él simplemente… no estaba.

 

Ni explicación.

Ni excusa.

Ni mentira.

Ni verdad.

 

Nada.

 

Nada absoluta y definitiva.

 

Pasó Reyes.

Pasó el día 7, el día de su vuelo.

 

Le escribí para desearle buen viaje.

Silencio.

Le escribí al día siguiente.

Silencio.

 

El móvil se convirtió en un agujero negro donde las palabras morían sin eco.

Mi nombre también.

Mi existencia también.

 

Y entonces comenzó.

La repetición.

El ritual del abandono.

La versión actualizada de la historia más vieja entre nosotros.

 

Pero esta vez no hubo discusión.

No hubo ruptura.

No hubo pelea.

 

Solo un borrado.

Un tachón invisible.

Una desaparición que ni siquiera tuvo la decencia de anunciarse.

Días y días y días.

Yo escribiendo.

Él desapareciendo.

Yo rompiéndome.

Él… nada.

 

La nada más devastadora.

 

El silencio llegó sin aviso.

Sin explicación.

Sin un gesto de despedida.

 

El día antes hablábamos.

Hacíamos planes.

Él reía.

Yo también.

 

Y de repente, nada.

 

Un vacío tan grande que parecía tener sonido propio.

 

Le escribí.

Le mandé audios.

Le pregunté si estaba bien.

Le dije que aquí estaba.

Como siempre.

Como aquella niña de dieciséis años con la que un día se encontró en mitad del caos.

 

No hubo respuesta.

 

Llegó la noche.

Luego otra.

Luego otra más.

 

El teléfono en la mano.

La mente en bucle.

El corazón en un temblor mudo que solo quien ha esperado sabe reconocer.

 

Días enteros hablando sola.

Días mintiéndome para no llorar.

Días buscando una razón que justificara la herida.

 

El silencio se convirtió en una presencia.

Dormía conmigo.

Vivía conmigo.

 

Una sombra hecha de preguntas sin respuesta.

 

Y cada noche le suplicaba a los sueños que lo trajeran de vuelta, aunque fuera mentira.

Aunque me matara un poco más cada vez.

 

Porque no me rompió su adiós.

Él nunca dijo adiós.

 

Me rompió la nada.

La desaparición.

El hueco donde debía estar su explicación.

 

Y el peor pensamiento de todos,

el más afilado,

el más cobarde:

 

¿Y si para él no significó nada?

 

Con ese pensamiento todavía me desangro.

 

Hay heridas que no vienen del pasado ni de lo que fue,

sino de lo que pudo ser

y nunca encontró el camino para nacer.

 

Eso es lo que duele.

No un final.

Sino una vida entera sin empezar.

 

Hay momentos que aún me arrancan el aire.

Como aquella pregunta que te hice en el coche, camino de tu casa.

 

Tenía miedo.

Pero también una certeza antigua.

 

Si algún día yo era madre,

quería que mi hijo tuviera tu sonrisa.

Tus ojos.

 

No te pedí que me amaras.

No te pedí un compromiso.

Solo te pedí verdad.

Origen.

Vida.

 

Y tú dijiste que sí.

 

Sin pausas.

Sin dudas.

 

Como si esa respuesta hubiera estado esperando ser liberada de tu pecho.

 

No hablamos más del tema.

No hizo falta.

 

Y quizá por eso tu silencio después fue tan cruel.

 

No solo me arrebató a ti.

Me arrebató la vida que imaginé.

La que sentí un instante como real.

La que mi alma reconoció como suya antes de existir.

No lloré al hombre que se fue.

Lloré a la vida que no llegó.

 

Y eso…

eso es lo que nadie entiende.

 

Hoy sigo aquí, preguntándome si alguna vez imaginaste lo mismo.

Si te dolió, aunque fuera un instante, renunciar a una vida que no llegó a respirar.

 

Y lo peor es que a veces, cuando cierro los ojos, no te sueño a ti.

 

Sueño con él.

 

Con ese niño que nunca existió,

corriendo por mi jardín,

riéndose con tu risa,

mirándome con tus ojos.

 

Y yo no tengo respuesta.

Solo un hueco.

Un futuro que no llegó.

Y tú,

en los bordes rotos

de lo que no fue.

 

 

Epílogo 

Hay silencios que no llegan como una despedida.

Simplemente ocurren.

Y lo cambian todo.

 

No lloré al hombre que se fue.

Lloré a la vida que no llegó.

 

A la posibilidad.

A la luz que sentí real durante un instante.

 

Aquella pregunta en el coche no fue un impulso.

Fue una certeza antigua.

Si algún día yo era madre, quería que mi hijo tuviera tu sonrisa.

Tus ojos.

 

No te pedí amor.

No te pedí promesas.

Solo verdad.

Origen.

 

Y tú dijiste que sí.

Por eso tu silencio después fue tan cruel.

Porque no solo te llevaste tu ausencia.

Te llevaste la vida que imaginé.

 

A veces, cuando cierro los ojos, no te sueño a ti.

Sueño con él.

 

Con ese niño que nunca existió.

Corriendo por mi jardín.

Riéndose con tu risa.

Mirándome con tus ojos.

 

Y yo no tengo respuesta.

 

Solo sé esto:

hay ausencias que pesan más que cualquier presencia.

Y hay futuros que duelen

porque fueron reales

antes de existir.

 

 

 

 

Nota del Autor 


Esta historia no ha terminado.


 Empezaba mucho tiempo atrás,

y hoy sigo soñando.

Sigo esperando a ratos.

Sigo sintiendo cómo late justo donde duele.

 

No he escrito para cerrar nada.

Ni para sanar del todo.

He escrito para poder sostenerlo.

Para sacar del cuerpo lo que no encontraba salida.

Para darle forma a un dolor que no ha desaparecido,

pero que necesitaba ser nombrado.

 

Aquí no hay esperanza como promesa.

Solo verdad.

Y la certeza de que algunas historias no se terminan:

se aprende a vivir con ellas.

 

Si has leído hasta aquí, gracias por quedarte.

A veces escribir —y leer— no salva,

pero acompaña.

 

Y a veces, eso es lo único posible.

 

 

 

Morgana 

 

*******************************

 

Para tí:

 

Y si alguna vez tú lo lees:

recuerda que para mí 

tú estás para siempre.

 

No escribí para borrarte,

ni para superarte,

ni para cerrar nada.

 

Escribí porque aún te espero a ratos.

No como promesa,

sino como herida abierta.

 

No espero un regreso.

Solo una señal.

La tuya.

 

Para saber

si todo esto existió

en algún lugar

fuera de mi mente.

 

 

 

 


viernes, 10 de octubre de 2025

El Bosque Mágico: La leyenda de la bruja de piedra.

 

El Bosque Mágico: 

La leyenda de la bruja de piedra


"Existe un lugar donde la magia y la naturaleza se funden, donde los secretos se esconden entre árboles antiguos y murallas de piedra. Un bosque que guarda historias de soledad, poder y criaturas que esperan despertar. Hoy te invito a descubrir la leyenda de la bruja de piedra y sus fieles gárgolas, una historia de misterio, melancolía y magia que solo el bosque conoce."




El bosque encantado

Existe una leyenda, por muchos ya olvidada, que habla de un bosque antiguo y misterioso, donde la naturaleza se funde con la magia.
Sus árboles altos y frondosos parecen tocar el cielo; sus ramas entrelazadas forman un techo verde que filtra los rayos del sol, creando una luz suave y cálida.

La vegetación es exuberante; el suelo está cubierto de una alfombra de hojas y flores. Los arbustos crecen por doquier, formando laberintos y senderos que conducen a lugares secretos y ocultos. El aire es fresco y húmedo, perfumado con el aroma de la tierra mojada. Flotan allí fragancias dulces y delicadas, mezcla de flores y hierbas que se entrelazan con el canto de las aves y el murmullo de las hojas agitadas por el viento, mezclándose con el sonido del agua que fluye por arroyos y cascadas.



En lo más profundo del bosque se alzaba una colina cubierta de follaje, sobre la cual se erguía un antiguo castillo. Sus torres y murallas de piedra, con detalles intrincados y decoraciones de otro tiempo, contrastaban con el verde intenso de los árboles. Tan perfecto era su encaje con la naturaleza que parecía haber estado allí desde que nació la roca.

En este castillo vivía una bruja tan antigua como los árboles y tan sabia como los recuerdos que albergaba.

La bruja del bosque era una joven mujer de cabello largo y rojizo, que caía en cascada sobre sus hombros. Su piel pálida y tersa, a pesar de su juventud, irradiaba sabiduría y un poder mágico que inspiraba respeto y admiración. Aun con su apariencia juvenil, conocía profundamente los ciclos de la naturaleza y podía invocar la energía del bosque para ayudarla en sus hechizos. Era una fuerza de la naturaleza, un ser que había aprendido a convivir en armonía con cada criatura y rincón de su hogar.





Pasaba sus días recolectando hierbas y preparando pociones, cuidando de sus plantas y de sus animales mágicos, pero algo faltaba: la compañía. Aunque amaba la tranquilidad del bosque, la soledad se le hacía pesada. Los años la habían enseñado a convivir con ella, pero la desesperanza comenzaba a morder su corazón, trayendo tristeza, melancolía y añoranza.

A menudo se preguntaba si alguna vez encontraría a alguien con quien compartir su vida y su amor. Aun rodeada de vida, no había quien compartiera sus pensamientos o disfrutara del espacio a su lado. La magia no podía conjurar compañía humana, y la incertidumbre sobre su destino romántico llenaba su corazón de inquietud.

A medida que pasaba el tiempo la desesperanza se hacía más fuerte y la bruja comenzó a sentir que su destino estaba sellado y que nunca encontraría su camino hacia la felicidad.



Decidió entonces despertar a sus gárgolas, fieles guardianes de piedra, para sentir amor incondicional, lealtad y apoyo.

El ritual era complejo y poderoso. Requería un gran conocimiento de magia y de la naturaleza, además de concentración y energía; cualquier error podría ser peligroso. Estas criaturas, al cobrar vida, serían protectoras mágicas capaces de ahuyentar espíritus malignos y ayudar a quien las poseyera a superar miedos y transformarse en un ser más fuerte.

La bruja se situó en el centro del círculo de protección, rodeada de velas encendidas y hierbas aromáticas. Con voz serena recitó:

—Mascotas mágicas de mi creación, con este hechizo les otorgo vida y pasión. Que este conjuro les haga nacer como criaturas únicas y especiales, que puedan volar o correr y ser fieles a su dueño leal. Que tengan personalidad propia y un vínculo mágico con su creador. Que sean amorosas, juguetonas y llenas de alegría y magia todo a su alrededor. Que así sea, y así será.

Una nube de humo espeso comenzó a envolverla, cubriendo su cuerpo y el círculo mágico. La bruja continuó con determinación, y poco a poco el humo se disipó. Dos figuras emergieron de las sombras.

El primero era un felino de pelaje blanco y brillante, con ojos azul zafiro que emanaban misterio y conexión con la energía lunar.
—Tú serás Saphire —le nombró.

El segundo era un perro de pelaje oscuro, casi negro, con reflejos plateados, en algunas luces, y ojos dorados capaces de ver más allá, guiando a su dueño a través de la oscuridad y la confusión.
—Tú serás Onyx —le llamó.





El tiempo pasó; las estaciones se sucedían. El bosque dormía y despertaba una y otra vez: sus árboles se desnudaban en invierno y brotaban en primavera, llenando el bosque de colores, aromas y vida.

La bruja disfrutaba de la naturaleza y de la compañía de sus gárgolas. Los años pasaron, y aunque la alegría de su compañía era reconfortante, la tristeza volvió a su corazón al pensar que ellas también vivirían en soledad, sin amor más que el suyo. La culpa por despertarlas la atormentaba.

Cada vez tenía más claro que en aquel tiempo y lugar nada más habría para ella. Paciente, continuaba practicando su magia, cuidando el bosque y esperando el momento adecuado para encontrar aquel con quien compartir su vida, aunque ese día aún no llegaba.





La torre del castillo se alzaba imponente sobre el horizonte. En su terraza, la bruja sentía paz, rodeada de sus mascotas, sintiendo la brisa fresca en su rostro. Observaba el sol mientras se ponía, tiñendo el cielo de tonos cálidos y anaranjados. Sabía que estaba en el lugar correcto, en el momento correcto, y que su destino la conduciría a donde debía ir.

A medida que el sol descendía, un humo dorado comenzó a elevarse desde la piedra de la terraza, envolviendo a los tres en una bruma misteriosa. Cuando el humo se disipó, las tres figuras se encontraban petrificadas, congeladas en el tiempo y el espacio.

En el silencioso castillo permanecieron inmóviles, contemplando el atardecer, aguardando su momento. Mientras tanto, la brisa soplaba y el sol seguía su ciclo, una y otra vez, iluminando y oscureciendo las vistas a su alrededor.

Y así la bruja permanece, junto a sus leales mascotas, observando cada ocaso, mientras la magia del bosque guarda silencio, aguardando el instante de su regreso a la vida.





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miércoles, 8 de octubre de 2025

La voz entre la niebla


Al escribir este poema pensé en cómo los recuerdos pueden doler y arder al mismo tiempo.

Es un viaje íntimo por lo que fuimos, entre la nostalgia y la pasión que no se olvida.
Cada verso guarda la intensidad de un adiós que aún arde en la memoria.

 

                                                     La voz entre la niebla

Poema lírico sobre recuerdos, pasión y pérdida


Recordar es el mayor tormento,
que cualquier hombre puede tener;
son brasas que perduran,
y no dejan de doler.

Acordarte, por ejemplo,
de mi sonrisa igual que ayer;
evocar el eco de un suspiro
y el perfume de mi cabello
posándose sobre tu piel.

Recordar mis labios ardientes —que juraste eternos—,
encendiendo tu cuerpo y toda tu sed;
ese fuego que creaste
y que no supiste sostener.

Recapitulas sin querer hacerlo,
cada instante en que me hiciste tuya;
y ahora los recuerdos muerden,
te arrancan el sueño,
te devuelven mi voz entre la niebla,
y me nombran en silencio
mientras duermes.

Solo queda recordar hasta el cansancio,
aunque duela el alma de no tenerme.

Imagina —solo imagina—
no tener que recordar
lo que fuimos.

Pues de los dos,
tú fuiste, tristemente, el que más perdió;
yo me ofrecí a dártelo todo,
y tú fuiste quien “todo” rechazó. 





Si alguna vez un recuerdo te ha marcado así, me encantaría leer tu experiencia en los comentarios.
Comparte este poema con alguien que pueda sentirlo en su corazón y déjate llevar por las emociones que guardamos en la memoria.

Morgana

jueves, 18 de julio de 2024

Samhain, Noche de Máscaras

 




Finalmente había llegado el día que había estado tanto tiempo esperando, por fin, esa noche era la celebración de Samhain y con ella el tan esperado baile de máscaras. Siempre había tenido la ilusión de poder asistir al más conocido y esperado de los bailes del Museo de Arte donde acudían todos los invitados con sus mejores galas y más altas expectativas, ya que era famoso por deslumbrar y sorprender a todos sus asistentes.  Ese año la temática eran los bailes de máscaras clásicos, me podía imaginar a todos con grandes vestidos y pelucas recargadas, aunque actualmente se ha convertido en un simple baile de disfraces.

La elección del disfraz no me resultó nada fácil, Nunca me ha gustado demasiado llamar la atención y siempre he preferido la sencillez, pero ese evento no tenía nada que ver con ninguno a los que hubiera asistido, por ello no podía ser "tan sencillo" como me hubiese gustado. Decidí asistir con un precioso vestido blanco estilo griego, con la cintura ajustada bajo el pecho, con un cinturón dorado, una diadema de hojas y algunos pequeños detalles todos a juego. Era sencillo pero muy bonito, la tela suave y ligera se movía al caminar, pero el escote... era un poco más de lo que estaba acostumbrada. En cualquier caso, la máscara me ayudaría a estar con un poco menos de vergüenza, nadie sabría quién está tras ella, esa es la gracia de todo esto. Elegí una máscara a juego con el atuendo, me cubría gran parte de la cara dejando únicamente visibles mis labios, una máscara de Perséfone, Diosa del Inframundo, me pareció una elección fantástica para una noche como la de Samhain.

 

*

- No me apetece nada otro baile lleno de estirados y narcisistas...

- Deja de quejarte sabes que vamos a ir todos y hace mucho que no nos reunimos venga empieza a vestirte o llegaremos tarde como siempre - indicó a su amigo pegándole un golpecito en el hombro.

- Es solo otro tonto baile más... Y además te obligan a ir con una máscara incómoda toda la noche...

- Yo me voy a antes, termina y no te olvides de la máscara. Nos vemos en el Museo de Arte.

- Sí, entendido. Por cierto, muy guapo el disfraz de Indiana Jones - le comenté entre risas.

- Ya te reirás luego. Nos vemos allí.

 

*

La entrada del museo estaba preciosamente decorada. Los colores otoñales lo pintaban todo, calabazas, hojas secas, guirnaldas y cirios iluminándolo, creando un ambiente cálido y misterioso con su titilar.

El interior era mágico, ya de por sí el propio edificio, era un antiguo palacete que habían restaurado y convertido en museo, pero la ambientación conseguida con la innumerable cantidad de candelabros y el uso de las antiguas lámparas de araña llenas de velas era una belleza.

«Parece que estoy en una película» pensé.

No tenía ni idea si alguno de mis compañeros de trabajo acudiría a la fiesta. Yo había decidido que, en cualquier caso, disfrutaría de ese paseo privado por el museo, daría una vuelta para admirar sus obras de arte y me tomaría alguna copa mientras lo hacía.

Me acerqué la barra, pedí una copa y comencé a pasear y a admirar todas aquellas obras que me rodeaban, mientras los invitados no dejaban de llegar.

 

*

El Museo estaba repleto, la gente bebía y bailaba, otros se arremolinaban en las mesas de comida. La música estaba muy alta y apenas pude escuchar a mis amigos llamándome.

- Llegas tarde- me regañaron- ¿Y que llevas puesto?

- ¡Llevo la máscara! No se me ha olvidado - me burlé

- Tu disfraz... ¿Se puede saber por qué no te has disfrazado?

- Voy de Yo de negro -me reí- aunque parece que a mi amigo Indiana Jones no le hizo tanta gracia.

- Me matan tus niñerías... todos vamos disfrazados...

- Entonces seré la muerte - le contesté entre risas - o mejor, con este traje, creo que me pega más ser el Dios de la muerte ¿no crees? El negro me queda genial - le comenté burlonamente.

- Anda vamos, nos esperan todos en la mesa no sé si te habrán dejado algo de comer.

- Yo empiezo por el bar, ahora os veo en la mesa -indique señalando con la mano la dirección de la barra.

 

*

A esas alturas ya no me importaba encontrar a mis compañeros de trabajo, estaba disfrutando de mi paseo y contemplación de las obras que albergaba el Museo, recorría su galería admirando los cuadros, frescos y decoraciones dignas de lo que había sido un palacio. Era totalmente distinto a verlo lleno de turistas y colegiales como era lo habitual. Tan inmersa estaba en sus paredes, que no me di cuenta que había alguien a mi lado hasta que casi choqué con él, haciéndome volver a la realidad de la fiesta en la que me encontraba.

 

*

Cuando llegué a la mesa me di cuenta que mis amigos me llevaban gran ventaja, ellos ya llevaban un buen rato comiendo y sobre todo bebiendo, de manera que ya las risas eran incontroladas. Miré a mi alrededor buscando un lugar tranquilo donde escaparme, parecía haber algunas galerías fuera de la zona principal.

Con un gesto les indiqué que iba a buscar más bebidas y me escabullí entre la gente.

Conseguí cruzar la sala llegando a una de las galerías que realmente estaban mucho más tranquila, de hecho, parecía solo haber una chica ensimismada en las paredes. Decidí que aquel era un sitio perfecto para disfrutar de mi copa con tranquilidad, incluso la música se podía escuchar a un volumen más placentero. Por fin había encontrado mi remanso de paz cuando noto que alguien se me viene encima.

- ¡Perdona! ¡No te había visto! ¿Te he tirado la bebida? -se disculpó.

- Casi, pero ya había terminado con ella- le mostré el vaso que solo contenía un pequeño trozo de hielo - no te preocupes.

-Pensaba que estaba sola en la sala, todo el mundo parecía disfrutar mucho en la fiesta, no creí que nadie viniese a ver los cuadros...- sonrío- intentaré no chocar con nadie más.

Me sonrió, se dio la vuelta y continuó con su atención puesta en las paredes de la sala.

«Qué chica más rara» pensé «Aunque ella podría pensar lo mismo de mí y no iba a ir desencaminada» Sonreí al imaginarlo.

-Perdona - la llamé levantando un poco la voz - ¿Me dices tu nombre? Ya que somos los dos raros de la fiesta no estaría mal tomar una copa juntos ¿no? - pregunte tras haberme dado cuenta que su copa también estaba vacía.

Ella se acercó un poco a mí con una sonrisa, dándome tiempo a apreciar su escote, que realzaba perfectamente su figura, y el vestido blanco con su tela tan suave invitaba a intentar atraparlo mientras se movía.

-Yo soy Perséfone -me respondió- Diosa del Inframundo -metida en el papel me hizo una reverencia- ¿A quién tengo el placer de dirigirme? - pregunto con una sonrisa.

Por un segundo no supe que responder no esperaba que me contestase como el personaje de su disfraz entonces me acordé de la conversación con mi amigo…

-Un placer Perséfone, yo soy el Dios de los muertos - y le hice una reverencia a juego.

- ¿Hades? - preguntó sorprendida

-Sí, puedes llamarme Hades -le respondí sonriendo.

 

*

Le miré sorprendida ¿Hades? ¡qué casualidad! Aunque mirándole bien... le pegaba, traje negro, camisa y corbata negras que no le quedaban nada mal. Era un chico alto, de pelo corto y oscuro con una máscara negra muy sencilla que permitía ver unos ojos azules que despertaban mi curiosidad.

- ¿Decías sobre tomar una copa? ¡Claro! - respondí a su pregunta mientras comprobaba que no quedaba nada en mi vaso.

Nos dirigimos hacia el ruido, no recordaba que hubiese tanta gente en aquel lugar. Me sorprendí al notar que me cogían la muñeca, era Hades que tiraba de mí señalándome un hueco en la barra.

 

*

Me acerqué a la barra entre la gente con Perséfone detrás de mí, había encontrado la excusa perfecta para escaparme de la fiesta, o por lo menos evitar a mis amigos borrachos. Se acercó el camarero, le pedí una botella y dos copas, y aún con Perséfone de la mano la llevé de vuelta a la galería, aunque esta vez decidí llevarla a un lugar más tranquilo, íntimo, allí podríamos hablar y beber sin interferencias.

 

*

Salimos de la galería a una zona del museo que parecía en obras «Tal vez estuvieran preparando la sala para una nueva exposición» pensé.

En ese momento me di cuenta, todavía me llevaba de la mano, no pude evitar sonrojarme con esa imagen, no esperaba terminar de la mano con un desconocido a través de salas cerradas del museo.

- ¡Espera! -le llame parando el paso- pero todo esto está cerrado, ¿quieres que nos metamos en un lío?

Se giró hacia mí con una sonrisa

- Tranquila, no hay ningún problema- me respondió sin dejar de sonreír

- Déjame enseñarte algo – continuó.

Se dio la vuelta, tiró de mí y me llevó a través de otra puerta.

No podía imaginarme lo que había allí ¡Una habitación impresionante estilo barroco! con una magnífica cama de dosel, las paredes estaban cubiertas de frescos de escenas campestres y pan de oro, la chimenea de mármol era una obra de arte por sí misma. No podía creerme que pudiese estar rodeada de tanta belleza. Le solté la mano y comencé a fijarme en todo lo que me rodeaba.

 

*

Sabía que aquella sala estaba cerrada al público, estaban terminando de restaurarla antes de su apertura y aunque todavía le faltaban los últimos retoques disponía de lo suficiente para que pudiéramos estar relajados, disfrutar de unas copas y evitar así el estruendo.

«Me encanta la idea» pensé mientras observaba a aquella chica de vestido blanco disfrutando de nuevo con las paredes.

Aproveché el momento para admirarla con calma, la verdad que el vestido le sentaba muy bien, le marcaba ligeramente el cuerpo al caminar, su melena ondulada le caía por la espalda y aquella máscara dorada que hacía centrar la mirada en sus carnosos labios.

-Imaginaba que podría gustarte, esta estancia la abrirán al público en unos meses, la estás viendo en exclusiva- le sonreí bromeando.

- Muchas gracias, ¡Es una habitación preciosa! Verla terminada tiene que ser como volver al siglo XVII - se podía escuchar la emoción en su voz. Nunca pensé que alguien se pudiera emocionar así por unas pinturas antiguas.

-Como ya no estamos en la fiesta, ya no hay obligación en dejarnos las máscaras- comenté, pero cuando levanté el brazo para quitármela, ella me detuvo.

 

*

Con mi mano sobre la suya dude un momento, aquella situación me resultaba emocionante e inesperada, el no saber quién estaba detrás de aquella máscara negra me causaba curiosidad y me hacía sentir un cosquilleo que me recorría todo el cuerpo.

-Déjatela- le pedí - yo también lo haré si no te importa, me resulta divertido si podemos seguir en nuestros papeles, le añade cierta emoción ¿No crees?

 

*

No pude evitar sonreír, creo incluso que me puse algo nervioso, mantener el rol podía ser divertido, aunque estaba ya cansado de la máscara «Me la dejaría un rato más a ver a dónde nos lleva»

-De acuerdo -le contesté, creo que sonrojado «Menos mal que llevo la máscara» pensé

-Entonces seguiré mi papel, mi Diosa Perséfone- ella me miró sorprendida- ¿Mi Diosa Perséfone es demasiado? ¿Cómo debería llamaros entonces?

-Perséfone está bien - respondió entrecortada.

Me eché a reír pensando en lo que iba a decirle.

-Si tú eres Perséfone y yo a Hades- continúe -y si esto lo consideramos un "rapto" de la fiesta, solo me queda ofrecerte algo de comer para que te tengas que quedar en este, mi reino -le decía mientras señalaba la sala a nuestro alrededor - ¿Crees que unas copas de vino servirán? - no dejaba de sonreír, por una vez las clases de mitología griega me valdrían para algo, les sacaría provecho.  Descorché el vino y comencé a servir una copa, ella se acercó, se la di y empecé a llenar la mía cuando me dijo:

- ¿Entonces si bebo de este vino, no podré salir de este palacio? - me preguntó sonriente. No me dio tiempo a responderle cuando se llevó la copa a los labios para beber.

No puede evitar una carcajada al verla.

-Brindemos entonces -la invité alzando mi copa- celebremos que, a partir de hoy, además de Diosa, serás la Reina del inframundo.

Sin dejar de sonreír brindó conmigo y añadió:

-Pero solo durante el invierno ¿recuerdas? -  me guiñó un ojo y bebió de nuevo.

Se giró, se acercó a la chimenea, de verdad parecía apreciar cada pequeño detalle de sus filigranas.

A estas alturas el alcohol empezaba a notarse, mis pensamientos se centraban en ella, en mi Diosa y reina Perséfone, y no pude evitar sonreír al hacerlo.  Otra idea rondaba mi mente... «¿Y si la beso?» Sus labios no dejaban de llamarme, casi podía sentir como sabrían y el alcohol... enturbiaba mi mente recordando la historia de nuestros personajes homólogos.

-Perséfone -la llame, ella se giró hacia mí.  Me acerqué junto a ella.

- ¿De verdad vas a ser quien reine conmigo en el inframundo? - le pregunté, aunque no la dejé ni contestar, en cuanto vi sus labios comenzara a moverse no puede evitarlo y la besé.

 

*

Era increíble el trabajo que había en tallar la piedra dando cada detalle a la chimenea, disfrutaba de aquello cuando escuché a Hades llamarme.  Al darme la vuelta, le vi acercarse rápido y decidido, esos ojos con ese traje me dejaban sin palabras. Se quedó frente a mí y me preguntó:

- ¿De verdad vas a reinar conmigo el inframundo?

Su manera de preguntármelo... me dejó sin aire un segundo.

Comencé a responderle "si por supuesto" pero no me dejó, dio un paso hacia mí y me besó. El calor me envolvió, no esperaba que fuese a besarme y menos de esa manera, de verdad parecía que quisiera que fuese su reina.

-Me gustan tus besos Perséfone - me susurro al oído- ¿Puedo seguir besándote?

Yo ya había caído presa de sus labios, y no tenía ninguna intención de parar en aquel momento.

-Me alegro que pensemos igual - le sonreír y volví a buscar su boca con la mía.

 

*

No podía ni explicar la sensación... sus besos parecían estar hechos para los míos, me transmitían tal calidez... Coloqué mi mano en su mejilla sin dejar de besarla, pudiendo sentir como ella disfrutaba de mis caricias, le pasé el otro brazo por la cintura y la apreté contra mí, podía sentir su calor invadiéndome el cuerpo.

 

*

Esto no era cuestión de amor, solo de la emoción de dos cuerpos tras una máscara, esto me excitaba y ambos nos dejamos llevar por esta sensación.

Me levanto en sus brazos con una facilidad abrumadora sin dejar de besarme, y con cuidado me llevo y me dejó sobre la cama. En ese momento ya no me importaba ningún detalle de aquella cama palaciega de trescientos años, solo podía pensar en Hades, en su calor junto a mi cuerpo, en la fuerza con la que me abrazaba, y sobre todo en sus besos tan apasionados, no podía parar de besarle, aquello era perfecto, parecía imposible que pudiera suceder, pero estaba ocurriendo.

 

*

Ya me resultaba imposible parar, cada segundo aumentaba mi deseo y una gran desesperación crecía en mí por sentir toda su piel cerca de la mía. Necesitaba quitarle aquel vestido blanco y sentirla completamente junto a mí.

-Esta noche serás mía - le susurré entrecortadamente -esta noche eres mi reina y mi Diosa, Perséfone, y quiero cumplir en todas tus fantasías. Puede sentir como su cuerpo se estremecía entre mis brazos, y cómo se le escapaba un dulce suspiro entre sus labios mientras le decía esas palabras, también mi cuerpo se alteró con ellas.

 

*

Sabía que ya no había vuelta atrás, no quería parar y no iba a hacerlo, quería dejarme llevar por todas aquellas sensaciones, quería más.

Podía sentir la respiración acelerada de Hades mientras me besaba y acariciaba mi hombro, jugando con el tirante de mi vestido. Adivinando sus deseos me adelante a él, comencé a soltar el nudo de su corbata, su reacción fue inmediata, parecía estuviera esperando una invitación para avanzar en el juego. Se quitó la chaqueta ágilmente sin dejar de besarme, comenzando a desabotonarse la camisa, pero le paré, paró un segundo y me miró con ligera duda, la cual respondí al seguir quitando uno a uno los botones restantes. No quería perderme aquel disfrute de ver aparecer ante mí, botón a botón, su piel desnuda. Al llegar al último, el mismo se quitó la camisa, dejando frente a mí su espectacular torso desnudo «¡Impresionante!» me dije a mí misma tomándome unos segundos para disfrutar de aquella vista.

 

*

Levante mi brazo para atraer a Perséfone junto a mí, cuando dando un movimiento hacia atrás, se levantó de la cama y se quedó de pie frente a mí con una pícara sonrisa. Se quitó el cinturón dejando su vestido suelto, deslizó uno de los tirantes por el brazo y deslizando el otro... El vestido cayó al suelo ante mis ojos.

Sé que por un momento se me olvidó respirar. La tenía frente a mí prácticamente desnuda, unas pequeñas braguitas de encaje blanco eran lo único que cubría su cuerpo. La admiré, apreciando aquellos bonitos pechos que había estado insinuando su escote toda la noche. Levanté mi brazo, agarré su mano y la traje contra mí cayendo juntos en la cama. Para entonces ya estaba más que preparado para dárselo todo, sin embargo, quería disfrutar de aquello, la excitación y el morbo sin duda harían que mis sensaciones fuesen a más.

Pasé mi mano por su nuca y acercándola volví a besarla, no habría tregua, necesitaba su cuerpo junto al mío.

 

*

Estaba sobre él, sentía el calor de su cuerpo y la aceleración de su corazón en mi pecho. Comencé a jugar con mi lengua en el lóbulo de su oreja, acaricié su cuello y dibujé su clavícula, mi calor aumentaba al sentir sus jadeos entre respiraciones y el bulto de su pantalón era innegable.

 

*

Quería disfrutar, cogiéndola fuerte la tumbé a mi lado y me coloqué sobre Perséfone, le sujeté las manos sobre la cabeza y comencé a besarla apasionadamente. Solo necesitaba una mano para inmovilizarle las muñecas, así que aproveché mi mano libre para acariciar su cuerpo, su cintura, su pecho... ¡aquello era fantástico! era tan suave...

Me separé un momento, mis pantalones eran más que una molestia, me levanté y me los quité sin dejar de mirar aquella preciosa y excitada mujer esperándome en la cama. Aquella imagen y la sensación en mi cuerpo era indescriptible, solo podía pensar en cuanto la necesitaba.

-Te he dicho que esta noche te iba a hacer mía- le recordé mientras volvía a la cama junto a ella. La besé y empecé a recorrer su cuerpo con mi lengua, al llegar a su vientre noté que sus braguitas estorbaban a mis planes. No sin dejar de jugar con mis labios sobre su pierna, se las quité, y con urgencia me las llevé a la cara y las olí... Quería un pequeño adelanto de lo que iba a venir.

 

*

«Pero que vergüenza» No pude evitar pensar ante su gesto, aunque verle disfrutar con ese detalle hizo que mi deseo se incrementase por él. Sentí como me sonrojaba al ver su sonrisa mientras se adentraba entre mis piernas. Sentí su lengua, parecía más juguetona que antes, y no tardé en comenzar a agitarme. Podía sentir como mi clítoris empezaba a palpitar y a aumentar su temperatura. Los gemidos se me escapaban, apenas ya podía contenerlos.

Hades parecía complacido con aquello, ya que comenzando a recorrer mis genitales suavemente con uno de sus dedos, sin dejar de lamerme, iba aumentando progresivamente el ritmo y con ello mis gemidos. El placer crecía sin medida. Hades quería que se lo diese todo y era un virtuoso en su trabajo, sus dedos y su lengua eran increíblemente buenos, me iba a correr y no podía evitarlo. Intenté apartarlo, pero leyendo mis intenciones me tumbó, y colocando su mano sobre mi pecho para evitar que volviese a levantarme, continuó dándome placer. Ya no podía más, comencé a temblar y se me cortó la respiración en mitad de un profundo gemido «¡Joder! ¡Qué bueno es!» Pensé mientras me corría en la cara de Hades...

 

*

Siempre sienta bien sentir los aspavientos y las piernas de una mujer apretándote la cabeza mientras se corre, aquello me ponía a cien.  Yo quería continuar disfrutando de aquel elixir que su sexo me proporcionaba, pero ella me detuvo, su respiración estaba más que acelerada, le dio un momento mientras disfrutaba de la imagen de su cuerpo ardiente frente a mí. Sonreí sin poder evitarlo.

«Vas a ser mía» aquel pensamiento me hizo continuar, me quité los bóxer y me lancé de nuevo, esta vez comencé a acariciarla con mi miembro suavemente, dándole tiempo a retomar el aliento, sus gemidos iban retomando la habitación. Poco a poco comencé a acariciar su clítoris con un dedo, podía notar su excitación crecer de nuevo.  La acariciaba sin parar.  Ya no podía más. «Está tan mojada...» El placer crecía más y más y sin ser consciente de ello se la comencé a meter lentamente. Perséfone se estremecía, ahora sí que podía sentir su calor y su placer, me alteré con la sensación «Ya es mía».

Nunca me había follado a ninguna desconocida a la que además no le veía la cara, pero tener a Perséfone desnuda en la cama, con la máscara dorada y conmigo entre sus piernas haciéndola gemir y retorcerse de placer, no me lo habría podido imaginar, me hacía estar súper cachondo, quería pasarme la noche sin parar de correrme con ella una y otra vez.

 Los gemidos y la respiración de Perséfone indicaban su próximo orgasmo y yo ya no podía contenerme mucho más, notaba mis músculos contraerse, como un escalofrío de puro placer recorría mi cuerpo y con unos espasmos involuntarios y unos gemidos rítmicos me corría mientras ella llegaba de nuevo al orgasmo. Aquella sensación, aquella liberación... ¡Era fantástico!

Quería repetir seguía muy excitado y afortunadamente no tardaría en volver a estar a tono.

 

*

Tras unos minutos, Hades me levanto la barbilla para mirarme a los ojos. -Espero te haya gustado porque va a haber más- me advirtió con una sonrisa. No esperaba respuesta ya que comenzó a besarme apasionadamente de nuevo. No podía detenerme, una vez que sentía sus labios junto a los míos, las caricias de su lengua, y los pícaros mordiscos que me daba... sus besos serían mi perdición «¿Cómo negarle algo a esos besos?»

Nuestras manos volaban libremente, comencé a acariciarle el pecho, bajé por su abdomen definido y seguí bajando, sería mi oportunidad para enseñarle lo que sabía hacer. Me sorprendí al notar que ya casi estaba a pleno rendimiento cuando mi mano llegó a su pene.  Comencé a acariciarle era un placer sentir como sus besos se entre cortaban mientras lo hacía. Su calor aumentaba, notaba su excitación crecer de nuevo, no dejaba de acariciarle mi mano rodeaba su falo ascendiendo y descendiendo rítmicamente mientras le besaba y le lamía el cuello. Me gusta morder y aquel era el momento perfecto, le cogería desprevenido. Bajé por su cuello y le mordí sin compasión, un escalofrío recorrió mi cuerpo y un gemido de pura delectación se le escapó a Hades.

 

*

No lo esperaba, estaba disfrutando del goce de tener a Perséfone masturbándome cuando puede notar aquel mordisco, un gemido inesperado salió de mi boca y sacudió mi cuerpo. Siguió bajando su lengua por mi pecho hasta detenerse en mi ingle, donde comenzó a darme ahora suaves mordisquitos sin parar las subidas y bajadas de su mano sobre mi polla.

Centrado en aquella sensación Perséfone comenzó tímidamente, o eso pensaba yo, a juguetear con su lengua sobre la punta de mi miembro, de nuevo, dispuesto a cumplir. Tampoco lo vi venir, de pronto se metió mi polla en la boca. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

Notaba la humedad y el calor, como su lengua jugaba con mi glande mientras la metía y la sacaba de su boca una y otra vez. Mi cuerpo temblaba ligeramente sin poder evitarlo. Me gustaba mucho, estaba disfrutando como hacía mucho tiempo que no lo hacía «Ella sí que sabe» Y confirmó mis pensamientos cuando añadió la mano a aquella fantástica mamada que me estaba haciendo. Me retorcí un poco ante aquella delicia, pero ya no podía quedarme quieto por más tiempo, me erguí, la cogí de la cintura y le di la vuelta convirtiendo aquella mamada en un 69, necesitaba poder disfrutar también de ella, estaba tan mojada que me sumergí sin dudarlo.  Recibir placer era fantástico, pero poder darlo a la vez...

No podía centrarme demasiado mi polla palpitaba suplicándome que la dejase correrse.

-Si sigues así no voy a poder evitar correrme- avisé a Perséfone entre jadeos.

Ella me sonrío.

-Esa es la finalidad de esto ¿no crees? -  confesó traviesa y continuó de manera más intensa, quería que me corriera y eso iba a darle. Notaba como mi polla latía en su boca, como un cosquilleo crecía, advirtiendo del sumo placer que iban a acontecer. Mi cuerpo se tensó por un momento y mis gemidos escaparon junto con un bombeo tremendo que llenó la boca de Perséfone. Caí rendido ante aquel disfrute que me había hecho sentir, ahora se lo devolvería.

-No creas que esto termina así- revelé con la respiración acelerada.

 

*

Sin tiempo a que reaccionase, me cogió de la cintura, me coloco a cuatro patas en mitad de la cama, me abrió como un melocotón y siguió lamiéndome con afán, de manera simultánea me acariciaba haciendo que me sintiese rendida a él.

-Hazme tuya- pude decirle entre gemidos.

Hades no dudó, tomó su miembro y me lo metió cumpliendo mis órdenes con premura. Lo sentía completamente dentro de mí, estaba muy caliente y duro, sus embestidas eran rápidas y seguras llevándome hasta el éxtasis. Una de sus manos sujetaba mi cintura la otra me acariciaba el cuerpo, me recorría la espalda hasta llegar a mi culo, lo agarraba y sentía cuanto disfrutaba haciéndolo. Comenzó a acariciarme el clítoris, no podía resistirme a aquello, las rodillas comenzaron a fallarme, pero entonces frenó, aminoró el ritmo y se centró en mi deseo, me la metía y sacaba suavemente mientras sus dedos jugaban en mi clítoris. Aquello era puro placer. Con su otra mano comenzó a acariciarme el culo, aquello era nuevo para mí, pero estaba tan excitada que no iba a detenerlo, Hades sabía lo que hacía. «¡Que granuja!»

Sus caricias y arremetidas no cesaban. Tras el desconcierto inicial estaba más y más excitada, Hades me había dicho que me iba a hacer suya y me sentía así de verdad. Mi placer aumentaba en demasía según empezó a meterme los dedos en el culo y a moverlos suavemente, no pensaba que fuese tan placentero... «Podría correrme en cualquier momento...» parece que leyó mis pensamientos, poco a poco fue aumentando el ritmo y no tardé casi nada en correrme. Aquel orgasmo era distinto, era más intenso, sentí como tanto placer chorreaba por mis piernas, pero Hades no paro, siguió entrando y saliendo de mí y jugando con mi culo. Aquello era fantástico, quería seguir corriéndome en sus manos. Era suya sin lugar a dudas.

 

*

Aquello estaba pudiendo conmigo, iba aumentando la cantidad de dedos que le metía y aquello ya me parecía una clara invitación.

-Vas a ser completamente mía- confirme.  Perséfone estaba tan excitada que apenas pudo gemir a modo de respuesta. Le saqué la polla, con ella bien mojada y de sus flujos, comencé a acariciarle el culo mientras que retomaba con mi mano las caricias en su clítoris, notaba como se ponía más cachonda todo su cuerpo se abría a mí. Empecé a metérsela por el culo, no podía negar que aquello le gustaba estaba empapada y yo no era menos. Quería hacerla mía completamente, que me sintiese en su interior, fui metiéndosela poco a poco, la presión de aquella zona ampliaba mi placer -Ufff ... - comencé a moverla - Uff... ¡No sé lo que voy a aguantar!

 

*

Empezó a moverse más libremente guiado por el placer que le desbordaba, yo ya no podía aguantar a cuatro patas, caí sobre mi pecho con el culo en pompa para que me diese todo el placer que no había sentido. ¡Y así fue, aquello era una maravilla! ¡Sentía que iba a explotar! Hades aumentó el ritmo mientras me metía algunos dedos por el coño, esa sensación me llevaba de cabeza al orgasmo de nuevo. Hades estaba igual, sus gemidos y arremetidas iban a la par, mi respiración se cortó y grité de gusto al notar los flujos calientes de Hades en mi culo su intensa corrida y el palpitar de su pene... «Inigualable»

 

Creo que en aquel momento solo podía pensar en respirar. Hades era increíble, ahora además con su cuerpo sudoroso y desnudo sobre mí... le miraba embobada, me perdía en su respiración acelerada y en el palpitar de su pecho. Suavemente me besó, su aliento cálido invadió mi cuerpo. Sentí como salía de mí, se tumbaba aun acelerado a mi lado. Me acerqué a él y le besé dulcemente antes de acurrucarme entre sus brazos.


                                                                                                                                                              Créditos en las imágenes